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Todo Paracuellos, ahora si que si…

Todo ParaCuellos, de Carlos Giménez, narra las historias de unos niños a los Hogares de Auxilio Social, al tiempo que recuerda la historia de la posguerra española, la de los vencedores y los vencidos. Narra las historias de muchos niños, huérfanos debido a la Guerra Civil Española, provenientes de familias desestructuradas, pobres, hijos de padres presidiarios,… y acogidos a los Hogares de Auxilio Social.
Es una obra llena de sentimientos, de dolor, de ternura y de recuerdos de gran dureza que el autor describe con gran desparpajo consiguiendo encadenar la sonrisa y la agonía a la página siguiente.
El Auxilio Social fue una organización de “socorro” creada después de la Guerra Civil Española y, posteriormente, englobada en la Sección Femenina de la Falange Española. Cómo remarca el propio Carlos Giménez eran instituciones “perversas, corrompidas, marginales,… al igual que el resto del España de la posguerra” de las que se mencionan al menos nueve: Paracuellos (Hogar Batalla del Jarama), Chipiona, Hogar General Mola,…
Los personajes se podrían clasificar en tres grupos diferentes, los trabajadores de los Hogares de Auxilio Social, los niños, y sus familiares pero, en realidad sólo se reducen a dos grupos, los opresores y los oprimidos. En cada uno de ellos se desarrollarán diferentes historias en base a los caracteres de las personas que los protagonizan.
Por un lado tenemos los padres que, después de ser vencidos en una guerra donde perdieron la libertad que otorgaba la II República, tuvieron que soportar la “limpieza” ideológica y el estigma que suponía militar en el ejército perdedor. Es por eso que tienen que recurrir al soborno para ofrecer a sus hijos un mínimo de dignidad y comodidades. Estos familiares serán los que traerán la esperanza de un futuro mejor, y los que dejarán tristeza al acabarse la visita de los domingos… Esto se puede ver en varias viñetas, como aquella en que una madre le daba dinero al instructor: “tenga Antonio, para tabaco…”, para que así hiciera la vista gorda y le permitiera traer comida al hijo, hecho prohibido por la dirección del Hogar…
Dentro del mismo grupo, pero muy diferenciados de los anteriores, tenemos a los niños que mal viven en los Hogares de Auxilio Social. Son hijos de vencidos, y lo saben y por si acaso se los olvida, la miseria, las palizas y las humillaciones se lo recuerdan día detrás día.
También entre este grupo podemos ver diferentes personajes, encontramos a los huérfanos de los dos padres o de uno de ellos, a los hijos de padres enfermos que se encuentran en sanatorios, a los que tienen a padres en prisiones por rojos, el que más corría, el que más abusaba, el que mejor pintaba, el más jamado (protegido, mimado)… pero, todos con un factor común, la necesidad de unirse para darse un poco de calor humano unos a otros, y la necesidad de defenderse de las agresiones externas.
Es remarcable observar que existen actividades que interesan especialmente a la mayoría de los niños, como son la lectura y creación de cómics, los curritos y las obras de teatro,… Se trata en todos los casos de actividades en las cuales los propios niños podían fantasear, evadirse y soñar con otros mundos más idílicos, rompiendo la rutina de su miseria; y, porque no, para tratar de sacar un mínimo de rendimiento, “¡Atención, atención! ¡los que quieran ver una función de curritos que vayan al cuarto de los paquetes! ¡Se avisa que hay que pagar diez céntimos o un pedazo de pan o un higo o algo…”, a pesar de que no siempre fuera el deseado “– ¿Cuánto hemos sacado, José? – Cincuenta céntimos y dos higos – ¡Qué poco! – Claro, pero si nadie tiene nada.
Aun así, no podemos olvidar que son niños, y que viven en un contexto cruel y muy duro, y que, por lo tanto, también convive con ellos la ley del más fuerte, y las riñas y enfrentamientos entre ellos, también era el pan de cada día…
Por último, trataremos el grupo de los dominadores, representado por las figuras del instructor, los guardadores, la directora, enfermeras,… Todos ellos siguen el mismo patrón de fe ciega hacia el estamento que les da el poder, a pesar de ser un poder tan irrisorio cómo es lo de dominar a unos menores. Y lo hacen a base de palizas y hacerlos sufrir hambre y a sus padres por el chantaje emocional que supone tener a los hijos en sus manos, controlando su bienestar.
Nos encontramos en una España, tal y cómo dice Carlos Giménez, en la que “era completamente normal y cotidiano que en las escuelas los maestros maltrataran a los alumnos, … y en las casas los maridos zurraran a sus mujeres y los padres apalearan a los hijos…”, y como no, en los hogares de auxilio social, esto no era diferente. Esta violencia se manifiesta muy a menudo. En unos casos era psicológica, como el hecho de obligar a corregir las cartas antes de enviarlas a las familias; en otros, era física, pudiendo producirse por simple divertimento de los educadores, por el hecho de desobedecer a la autoridad o simplemente porque era la única forma que entendían de educar. Después, disimulaban los golpes obligando a los niños a llevar una chaqueta cuando recibían la visita de los suyos, para que no se vieran las marcas de los golpes.
Dentro del mismo grupo tenemos también a los curas, que predican una fe y en su comportamiento muestran otra totalmente opuesta, para mantener las prebendas y el estatus que el poder le ofrece. Así, son fundamentales las oraciones y los valores de la fe católica, en un marco militarizado que trata de dominar las ideas de la población. Al mismo tiempo hay que hacer notar que a penas se da importancia a las clases, a los maestros, ni a nada que tenga que ver con cultura, pensamiento o afán de superación.
Los valores de aquel momento que tenía la sociedad como prioritarios fueron cambiando con el tiempo. La educación y las costumbres se hicieron menos rígidos hasta que “gracias al advenimiento de la democracia y a las nuevas formas del estado del bienestar, al incremento de los sectores de población marginal y, principalmente, a la conciencia de responsabilidad frente a los nuevos problemas derivados de la convivencia” (Petrus, 1997) empezó a madurar la Educación Social como lo entendemos hoy.
  1. junio 22, 2010 a las 8:05 am

    Hola Miquel, Me ha gustado la visión que plasmas de este libro. Cuando pueda lo adquiriré.Es un tema que durante mucho tiempo ha sido tabú en este país y ha marcado mucho a sucesivas generaciones. Tenemos una gran tarea por delante los educadores sociales, al menos en no permitir que la historia se oculte.Salud¡ah! ¿has terminado ya los exámenes?

  2. junio 22, 2010 a las 2:31 pm

    Hola Gemma… gracias por visitar mi ventana al mundo!!!A mi es un cómic que me encantó… tal vez, lo que si que haría (y seguro que haré) es leerlo con calma, no pensando que es para un exámen… cada día un poco, ya que, he de reconocer, que pasé momentos de verdadera angustia…En cuanto a los exámenes… pienso que bien, hoy lo he comentado…Saludos!!

  1. enero 28, 2011 a las 11:02 am

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